Creencias firmes y poco razonables que se mantienen con una intensidad que no llega a tener el carácter de un delirio (es decir, la persona reconoce la posibilidad de que la creencia sea falsa). Este término también se usa para designar aquellos pensamientos convencionales o plausibles (por ejemplo, conceptos religiosos, ideas políticas o creencias de un idealismo desmesurado) que se defienden con tal intensidad que dominan por completo la vida de la persona.